Cuarenta y seis años llevaba ya el templo en obras. Las había comenzado el gran rey-cliente de Roma, Herodes, apodado “el Grande” precisamente por obras como la ampliación del templo de Jerusalén, o la construcción de la ciudad y el puerto de Cesarea. El rey murió sin ver acabada su obra. La continuarían sus sucesores.
La historia de Israel ha conocido dos templos en la colina norte de la antigua ciudad jebusea: el construido por Salomón, en el siglo X, que fue destruido por Nabucodonosor en el año 587; y el segundo templo, consagrado después del exilio, ya en época persa, el año 515, y que permanecerá en pie hasta que el futuro emperador de Roma, Tito, lo destruya en el año 70 de nuestra era.
El segundo templo sufrió una profanación devastadora en tiempos del rey helenista Antíoco IV. La revuelta de los Macabeos consiguió recuperarlo para el culto judío y purificó el templo y su altar en el año 164 antes de Cristo. Con motivo de esta purificación se instituyó una nueva fiesta, en invierno, que aún celebran los judíos: Hannukah, la fiesta de las luces.

