Por el oído
Me abriste el oído (Sl 39).
En la religiosidad judeo-cristiana podemos reconocer una doble sensibilidad en las relaciones con Dios. Existen como dos tradiciones complementarias que insisten en perspectivas diversas sobre la religión.
Son la tradición sacerdotal y la tradición profética.
La tradición sacerdotal educa al hombre en el sentido de la trascendencia de Dios: la separación, la lejanía. Dios es el “totalmente Otro”, del que no podemos disponer a nuestro antojo. Es una religiosidad, por otro lado, de tipo “ascendente”: sacrificios, ofrendas a la divinidad. Por eso, tiende a insistir en el rito, en los medios, en la exterioridad.
Un faro ante la crisis
La Verdad clama trabajar por la unidad
Una de las cuestiones que más ronda –o debería rondar- por la mente de una persona es: ¿Qué mundo estamos construyendo?
A veces parece que todo se pone en contra, que lo que nos rodea invita más a vivir según criterios propios o relativos, que a vivir como nos aconseja Aquel que nos amó desde el principio y nos amará infinitamente.
Tú eres nuestra patria.
En tierras inhóspitas del cercano Oriente, uno de los muchos cristianos que han escapado de la barbarie, después de haber vivido allí por generaciones, durante dos mil años, su fe en el Crucificado, habría dejado escrita esta “cadena” de textos bíblicos en forma de oración:
¡Qué solitaria se encuentra la otrora Ciudad populosa! Como una viuda ha quedado. Llora que llora de noche, surca el llanto sus mejillas. No hay nadie que la consuele… Vosotros, que pasáis por el camino, mirad, fijaos bien si hay dolor parecido al dolor que me atormenta… Por eso estoy llorando; mi ojo, mi ojo se va en agua, pues no hay quien me consuele, quien me devuelva el ánimo. Mis hijos están desolados, porque ha ganado el enemigo…

