Conozco a muchas personas que, durante el verano, tienen que hacer mudanza. Este año, también me ha tocado a mí.
La primera imagen que viene a mi memoria es la del patriarca Abraham, que fue llamado por Dios para salir de su tierra y marchar hacia una tierra incierta y lejana, habitada por los cananeos. Más tarde, cuando el marido de Sara llega a la tierra prometida, tiene que recorrerla sin poseerla, habitando como extranjero en la meta de su camino. Nómada entre ciudades muy desarrolladas, Abraham no deja de caminar con todo lo suyo.
De esta forma, va aprendiendo, ante todo, que la vida entera es un camino que no acaba en una doble dirección.
Primero, porque nuestro camino prepara las metas de otros que nos sucederán: Abraham recibe la promesa, pero solo será cumplida más tarde, en sus descendientes. Y será cumplida, no de forma absoluta y plena, sino en una relación dialéctica con el Dios de la alianza, con la Ley como condición de la posesión.
Siempre que hacemos camino ayudamos a otros que nos sucederán. De la misma manera que también nosotros hemos habitado lugares que otros han preparado y enriquecido con su presencia. Aunque no seamos padres, todos tenemos descendencia humana que pisará nuestros pasos: estamos unidos en el tiempo en una comunión preciosa, incluso con aquellos que no hemos conocido y con aquellos que llegarán sin conocernos. La sucesión es un misterio que nos habla del misterio del Eterno que se muestra en el tiempo.
