Cuaresma 2017
Luz en la carne
Los buenos fotógrafos saben encontrar la luz adecuada para captar imágenes llenas de belleza. Lo mismo hacen los grandes pintores; dicen que Velázquez era un maestro en la búsqueda de la luz, quizá influido por la luminosidad de Sevilla.
Los iconógrafos, “escritores de imágenes”, pintores de iconos, han intentado también llenar sus dibujos de una luz especial. Solo que en los iconos no existe estudio de la luz, ni perspectiva que sirva de foco para toda la imagen: la luz brota desde dentro en el icono, lo llena todo, no hay sombras. Porque no es esta luz nuestra la que ilumina las imágenes religiosas de Oriente: ellos buscan expresar otra luz, la luz de Dios, la luz de la resurrección, la luz del futuro, la luz interior.
Es la “luz del Tabor”, esa que los tres discípulos contemplaron en el rostro y los vestidos de Jesús. La luz es la clave de la belleza, también de la vida. Es la clave de la alegría, la que tiñe la vida de esperanza y hace posible caminar. Un “rostro iluminado” nos llega al alma y nos invita a creer. La luz más hermosa que hace brillar nuestro rostro brota siempre de dentro, de un corazón que ha sido tocado por el amor. Esa es la luz del Tabor, la luz de Jesús: brota de su ser, de la presencia del Padre en él, del amor en plenitud que recorre toda su carne de Hijo.
La Iglesia fue fundada por un carpintero que acabó sus días ajusticiado en una cruz: ¿Cómo pudo ser que naciera de ahí un grupo de discípulos que se extendió por todo el mundo? ¿Qué tenía ese carpintero, qué misterio encerraba su condena? ¿Qué vieron en él los que le creyeron? ¿Qué es la fe? Saber ver la luz más profunda que envolvía su carne galilea. Su luz llenó de color la vida de aquellos primeros discípulos, y sigue llenando de matices nuestras vidas de creyentes.



