AGOBIADOS

¿Qué es más valioso, el vestido o el cuerpo, el alimento o la vida? ¿Qué es más importante, el dinero o las relaciones familiares? ¿Qué tiene prioridad, disfrutar o amar?

El ser humano, normalmente, no está ante la disyuntiva de elegir entre el bien y el mal, sino ante el reto de elegir unos bienes antes que otros; al decidir, lo quiera o no, establece una jerarquía de valores. Con sus opciones, el ser humano está dando a unas cosas más importancia que a otras.

Es muy posible que una de las claves de la sabiduría, del arte de acertar en la vida, consista en una correcta jerarquía de valores que fundamente nuestras decisiones. Parece que hoy tenemos todos claro que es más importante el hombre que el sábado; pero no sé si tenemos tan claro la importancia de la persona por encima de su capacidad de disfrutar, o de la familia sobre un conjunto de euros. Nuestras decisiones, ciertamente, dejan claro qué es lo importante, qué cosas no estamos dispuestos a perder de ninguna manera.

También Jesús de Nazaret, el Maestro de Galilea, trató este tema en el famoso discurso del Monte. Nos invita a contemplar los pájaros y las flores para recapacitar, para saber encontrar de dónde brota la belleza y dónde tiene futuro la vida.

Hay una actitud que Jesús define como “pagana”, que tiene que ver con un “servir al Dinero” y que puede anidar en sus discípulos cuando son “hombres de poca fe”. Es la actitud de quien ha errado en la jerarquía y vive agobiado por conseguir bienes que no tienen importancia, descuidando a menudo lo que sí vale de veras.

La fe, por tanto, no es una idea abstracta ni un sentimiento autocomplaciente, sino la clave para vivir serenamente felices, conformándose con poco porque hemos sabido valorar las cosas y nos sabemos en las manos de un Padre providente. Él sí tiene claro lo que más vale: por eso cuida de los pájaros y las flores, por eso cuida aún más de los seres humanos, de la persona.

Mirar el mundo desde Dios, con actitud contemplativa y gratuita, rompe todos los agobios y despeja el camino para disfrutar de la vida en su sencillez, de la amistad, de la belleza sublime de las cosas primeras.

Cuando Adán fue creado, tenía como misión trabajar la tierra para conseguir alimento e incrementar su belleza; colaboraba con Dios para que el mundo fuera un paraíso y tuviera fruto. Con el pecado, Adán empieza a trabajar con sudor y la tierra le niega sus frutos; se ha introducido en el mundo la ruptura: queriendo ser como Dios, culpa de todo a Eva y se aleja de la tierra. Ambos, varón y mujer, han preferido la quimera de una vida divinizada –¿el bienestar a toda costa?– y han olvidado al otro.

El trabajo es un don de Dios y el camino por el que el hombre está llamado a realizarse transformando la realidad. Pero el pecado ha desvirtuado el trabajo, lo ha llenado de ansiedad y agobio, ha introducido el sudor y, a pesar de todo, el fruto verdadero no acaba de llegar.

¿No es este uno de los signos de nuestra sociedad actual, paganizada? Muchas personas están viviendo el drama y la injusticia de no poder trabajar, mientras otros muchos viven agobiados, esclavos del trabajo. ¿Qué conseguimos con esta esclavitud? ¿Algo más de sueldo? Y, con ello, ¿lograremos alargar un poco la vida? Parece que más bien lo contrario: el estrés es fuente de enfermedades. ¿Hemos conseguido ser más felices? ¡Si no nos queda tiempo para compartir con aquellos a los que amamos!

Valga como ejemplo la preocupación que está surgiendo en Japón por la cantidad de suicidios que se contabilizan por motivos de sobrecarga en el trabajo.

Por desgracia, el trabajo cargado de ansiedad no solo habita en nuestra sociedad: en la misma Iglesia, a menudo, da la impresión de que también se trabaja con agobio, sin tiempo y sin la alegría que da la serenidad.

¿No seremos “hombres de poca fe” hasta en la misma siembra del Reino?

Manuel Pérez Tendero