¿CAMBIAR LA PASCUA?

Una de las causas por la que los esenios de Qumrán se separaron de la gran corriente oficial del pietismo israelita fue la cuestión sobre el calendario. Criticaban a las autoridades saduceas del templo que habían cedido al utilizar un calendario lunar para las fiestas religiosas de Israel. Ellos, los esenios, se sentían más fieles a la tradición utilizando un calendario solar para fijar las fechas festivas cada año.

Una de las consecuencias de esta diferencia estaba en la celebración de la Pascua, en primavera. Para los esenios, todos los años el 14 de Nissán, la tarde del sacrificio del Cordero y de la Cena pascual, siempre debía coincidir con un martes. Para el calendario oficial del templo, seguido también por los fariseos, el calendario lunar hacía variable la fecha semanal del 14 de Nissán.

En nuestros cuatro evangelios también tenemos una pequeña discordancia entre las fechas. Para los tres primeros, los Sinópticos, la muerte de Jesús habría coincidido con el primer día de los Ázimos, el día 15 de Nissán, después de haber celebrado Jesús con los suyos la tarde anterior la Cena de Pascua. Para san Juan, en cambio, Jesús murió el día 14 a mediodía, cuando se hacían los preparativos para la gran Cena. Por tanto, los evangelios coinciden en el día de la semana: Última Cena el jueves, muerte el viernes; pero no coinciden con el día del mes: muerte el día 14 para Juan, el 15 para los otros tres evangelios.

Por otro lado, el significado de la Pascua ha cambiado desde el judaísmo al cristianismo. La Pascua que celebran los discípulos del Nazareno ya no es el memorial de Egipto, ni el día clave es el día del mes y sus ciclos lunares. Lo que importa ahora es la fecha semanal, el primer día de la semana, porque fue el día de la Resurrección del Maestro. Por eso, la Eucaristía de la comunidad no la celebramos el jueves, sino el domingo.

Existen, por tanto, muchas variables para poder acertar a celebrar con exactitud la Pascua cristiana: ¿debemos privilegiar el calendario lunar, como hace la corriente judía generalizada? Lo hacemos en parte y, por ello, cada año varía tanto la Semana Santa. Por otro lado, ¿debemos privilegiar el día del mes, como el judaísmo, y como la corriente cristiana antigua de los cuatordecimanos? ¿O más bien el día de la semana, el domingo como verdadera Pascua? El equilibrio entre tantas variables hace que sea muy difícil el acuerdo para buscar el día más adecuado, más correcto.

Jesús, probablemente, murió el siete de abril del año treinta, en que el día catorce de Nissán probablemente cayó en viernes. ¿Debemos celebrar la Pascua ese día, unido al nueve, que sería el día de la resurrección? Pero, entonces, ya no privilegiamos el domingo, y nos alejamos de los cálculos del judaísmo, perdiendo un signo de vinculación a los orígenes judaicos de la fe cristiana en general y de la fiesta de la Pascua en particular.

No sé cuál es el alcance de la propuesta ecuménica del papa Francisco, pero es importante el diálogo y los criterios para buscar la unidad. Es justo que los signos sean importantes y que no absoluticemos lo que nunca ha sido un absoluto. El conocimiento nos hace ser menos fundamentalistas y menos relativistas.

La fecha y la celebración de la Pascua cristiana deben estar al servicio de lo que se celebra, de un acontecimiento que nos cambió la vida y cuya memoria sacramental ha guardado la Iglesia, sin interrupción, desde el día en que amaneció la Luz para la humanidad.

Es esta memoria viva, precisamente, la que sostiene a la Iglesia y la construye desde dentro. Ser judío significa hacerse coetáneo de Moisés y celebrar la liberación de Egipto. Ser cristiano significa hacerse coetáneo del Nazareno y alimentarse de su resurrección.

La liturgia, por tanto, no es una mera cuestión de fechas y calendario, sino la memoria que nos vincula a nuestro Fundador y se convierte en corazón de nuestra misión en medio de la historia.

Manuel Pérez Tendero