DAR TESTIMONIO

“Vosotros sois testigos de esto”. Con estas palabras termina Jesús su discurso a los discípulos cuando se les apareció, vivo, en Jerusalén. ¿Qué significa “esto”? ¿De qué han de ser testigos los seguidores del Resucitado? ¿Qué es ser testigo?

Testigo significa “persona que presencia algo o da testimonio de ello”. La primera característica del testigo es su experiencia, su presencia ante un acontecimiento. “Dar testimonio” es un segundo momento, que queda vacío o se hace de forma mendaz si no ha habido una experiencia clara de aquello sobre lo que se testifica.

Que un cristiano sea testigo significa, por tanto, que ha presenciado algo, que tiene experiencia del misterio de Dios. Los apóstoles fueron los primeros testigos de la resurrección de Jesús crucificado. Ese testimonio se ha transmitido durante siglos y es la esencia del cristianismo.

Cuando hablamos de “dar testimonio” nos referimos también a la forma como testificamos esa experiencia, a las “pruebas”, a la veracidad que acompaña nuestro testimonio, a su credibilidad. “Dar testimonio” tiene que ver con el estilo de vida. No es testigo de Jesús quien vive de forma diferente a aquello que profesa. Ser testigos implica hablar con las obras, hacer experiencia viva de aquello de lo que hemos tenido experiencia.

Por eso, en la historia del cristianismo, los testigos principales han sido siempre los mártires –“mártir”, en griego, significa “testigo”–, aquellos que han sellado con su vida lo que sus labios profesaban.

Pero el texto que este domingo se proclama en nuestras parroquias nos ayuda a profundizar un poco más en el significado del “testimonio” aplicado a los discípulos de Jesús.

Además de mostrarse vivo, con pruebas de la veracidad de su resurrección, Jesús les habla de otra cosa a los suyos: de los planes de Dios. Era necesario que el Mesías venciera siendo derrotado, era necesario que la Buena Noticia descendiera hasta lo más profundo de lo humano para extenderse a todas las naciones.

La gran acción de Jesús resucitado con sus discípulos consiste en “abrirles el entendimiento” para comprender las Escrituras, es decir, los planes paradójicos de Dios, el cumplimiento de su palabra, la coherencia de sus designios. Ante Cristo resucitado, los discípulos se encuentran en el corazón del obrar de Dios con el hombre, están contemplando la misericordia de Dios en acto, su capacidad de sanar todo lo humano y de llevar el perdón y la gracia a todos los hombres.

En esta circunstancia, los discípulos están siendo testigos de algo inaudito, que nadie podría soñar contemplar: el obrar de Dios, la irrupción de su misericordia para todos, la salvación en acto.

Ser testigos es, entonces, comprender, saber ver en profundidad el misterio de la historia; ser testigos es participar por dentro de una obra admirable: la obra de nuestra redención.

El objeto de su testimonio desborda a los apóstoles, viene de más allá de su época, de los tiempos de las Escrituras; y se abre mucho más allá de su presente: quiere llegar a todas las culturas y todos los tiempos.

Los cristianos de hoy seguimos estando llamados a ser testigos también en esta dimensión. Somos invitados a formar parte del plan de Dios, de su designio, del milagro de su misericordia; somos invitados a asomarnos al misterio de su obrar, donde los últimos son preferidos y los pecadores tienen esperanza.

El Resucitado, en este tiempo de Pascua, quiere abrir también nuestras inteligencias para que comprendamos las Escrituras, para que nos admiremos de los dones de Dios, para que compartamos su amor por todos los hombres y seamos testigos de ello.

Somos testigos, formamos parte de algo muy grande, de lo más grande que le ha sucedido a la humanidad. Estamos dentro, experimentamos, hablamos y vivimos esta misericordia que por todas partes nos empuja.

Manuel Pérez Tendero