Desinstalados

Quedan atrás ya los días de Navidad. Litúrgicamente hablando, estamos insertos en lo que llamamos el Tiempo Ordinario. En este tiempo, recorremos la actividad pública de Jesús; este año, en concreto, siguiendo al evangelista san Marcos. Tras el bautismo y las tentaciones, este evangelista nos presenta, en un pequeño sumario, el mensaje fundamental de Jesús: “Se ha cumplido el tiempo y se ha acercado el Reino: convertíos y creed en el Evangelio”. En dos imperativos se resume la llamada de Jesús a lo largo de toda su vida pública. El primero –la conversión– indica el cambio de vida que debe hacer cada persona cuando se encuentra con Cristo; el segundo –la fe–, el nuevo tipo de existencia, marcado por las claves del Evangelio. “Convertirse para creer”: ahí está la clave de lo que pide Jesús a los que le escuchan.

Este será también el mensaje que Pedro y los primeros discípulos extiendan por el mundo después de Pentecostés: “Convertíos y sed bautizados”.

La primera lectura de la liturgia de este domingo nos ayuda a situarnos también en la perspectiva de la conversión: gracias a Jonás, la gracia de Dios llega hasta el rincón más inverosímil: Nínive, la gran capital enemiga de Israel.

Por otro lado, este domingo coincide con la festividad de la conversión del apóstol san Pablo. Conversión de un hombre que se sabía perfecto moralmente: se trata de una conversión existencial más que moral, una conversión de referencias, una conversión a una persona, no a unas normas éticas o a una ideología o cosmovisión. Pablo, que era “irreprochable en cuanto a la ley”, encontró a Cristo y lo dejó todo por él.

Tras su llamada a la conversión y a la fe, Jesús llama a sus primeros cuatro discípulos. Este gesto vuelve a indicarnos que la conversión es algo más que un asunto meramente moral. La raíz del cristianismo no es una conversión a la Torah, sino al Evangelio, a la Buena Nueva de Jesús, a la Buena Nueva que es Jesús.

Puede suceder, a veces, que nuestro cristianismo, nuestra forma de evangelizar y nuestra misma práctica pastoral tengan muchos medios y esfuerzos, pero les falte una experiencia real de conversión. Parece que reservamos esta palabra al tiempo de Cuaresma y reducimos su significado al aspecto moral.

Deberíamos redescubrir la conversión radical, a Jesucristo, como esencia del cristianismo; un cambio de vida, un paso a la espiritualidad de la fe, a un nuevo estilo, a unas nuevas referencias, a un futuro que ya está amaneciendo, como nos recuerda san Pablo en la segunda lectura.

El israelita podía rezar: “Enséñame tus caminos”, pensando sobre todo en la ley; para el cristiano, esos caminos son las pisadas del Maestro. La vida es seguimiento, fe, respuesta a la llamada de una persona que es Evangelio.

Otras dos circunstancias que celebramos este domingo nos ayudan también a comprender más profundamente el sentido de la conversión.

Hoy finaliza la Semana de oración por la unidad de los cristianos. La Iglesia es una comunidad dividida, aunque predica el amor y la fraternidad de todos bajo la paternidad de Dios. La Iglesia no vive el Evangelio en su interior: está desunida. La conversión, por tanto, es una llamada a la unidad, al amor fraterno que pueda ser semilla de amor universal, extendido a todos desde las fuentes de la Pascua de Jesús.

Por otro lado, hoy recordamos la dimensión misionera de los niños cristianos: la Infancia Misionera. ¿No son nuestras catequesis, nuestras parroquias y nuestras familias poco misioneras? ¿Por qué disminuyen los hombres y mujeres que, desde España, marchan a otras tierras con ansias de servicio? Se nos pide una conversión a la salida, a la evangelización.

Conversión a la misión y a la unidad: conversión a Cristo, raíz y sentido de toda nuestra vida de creyentes. Difícil tarea para quienes se han instalado en el bienestar.