El Pan del Amigo

En presencia de un soldado romano, llamado Cornelio, Pedro supo ver cómo el Espíritu de Dios iba delante de los apóstoles en la extensión del Evangelio: “¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu igual que nosotros?”

Esta ha sido una de las características de la Iglesia de Jesús a lo largo de los siglos: no negar el bautismo. Tampoco se niega la participación por primera vez en la comunión, ni la confirmación en la edad joven o en cualquier otro momento de la vida. Es posible que esta “falta de exigencia” tenga luego consecuencias que desconciertan a la hora de caminar juntos personas que acceden, desde tantas perspectivas, a los sacramentos.

Pero esta actitud, con sus dificultades, no es sino la continuación del estilo de Jesús de Nazaret que vino a “abrir puertas” en el corazón de la religión israelita. Cumpliendo la vocación de Abraham, todas las naciones han de ser bendecidas, a todos ha de llegar el amor de Dios.

El problema no está en las “exigencias previas” o en la apertura a todos, sino en la verdad de lo que realizamos. Jesús es pastor de las ovejas, vimos hace un par de domingos: ¿Es pastor, realmente, de la vida concreta de cada bautizado? Él es cepa firme en quien estamos injertados los discípulos: ¿De veras todos los bautizados permanecemos en esta vinculación con la vid? En este domingo, Jesús pasa de las metáforas a la realidad: él no es tanto pastor ni vid, sino amigo. ¿Hasta qué punto estamos construyendo amistad con Jesús a la hora de administrar sacramentos? Es verdad que existen amigos más íntimos, otros más alejados,… Pero, ¿existe un mínimo de encuentro con el Amigo en quienes recibimos los sacramentos?

¡Cuántas “primeras comuniones” se celebran durante este mes! ¡Cuántas, aparentemente, tienen un déficit de hondura, de encuentro sencillo con quien nos ha amado! ¡Cuánto protagonismo nuestro y cuánta ausencia del Amigo!

No necesitamos multiplicar exigencias, sino sembrar autenticidad. Lo primero es más fácil, lo segundo es más trabajoso y funciona a largo plazo. Es conveniente esforzarnos por organizar bien las cosas, pero no está ahí la clave del futuro de la Iglesia y sus frutos, sino en el amor.

Este es “el mandamiento” de Jesús: amarnos unos a otros como él nos ha amado. Es posible que debamos entender este sencillo mandamiento en el contexto de la tradición rabínica, que nos dice que existen seiscientos trece preceptos que deben regular la vida humana. Es una cifra simbólica y profunda: es un número fruto del número de días del año (365) más el número de huesos del cuerpo humano (248); es decir, cada día del año y cada fibra del cuerpo deben vibrar solo para Dios.

Frente a esta multiplicación de preceptos que intentan regular hasta las dimensiones más pequeñas de la vida, Jesús simplifica todo en un solo precepto: amar como él. Con ello, no elimina los mandamientos concretos –él no ha venido a abolir la ley– pero sí nos ayuda a situarnos en el centro, en el corazón de la vida, en la esencia de nuestras relaciones.

Nos ayuda, sobre todo, a construir la vida desde el amor que él nos tiene, desde la entrega de su vida por nosotros, desde su amistad. ¿Cómo, entonces, podremos ser discípulos si no hemos conocido ese amor? ¿Cómo podremos decirnos cristianos si no hemos acogido la amistad del Cristo? ¿Qué amigo no visita a su amigo? ¿Qué persona que ama no habla con el amado, no come con él, no lo conoce, no busca con agrado su compañía?

¿Hay verdad en la multiplicación de nuestros sacramentos? ¿Estamos extendiendo la amistad del Hijo de Dios, estamos creando familia en torno al amor del Padre de Jesús?

MANUEL PÉREZ TENDERO