Gloria y Misión

La Procesión es un hecho apologético y doxológico. Apologético, porque nació para defender la verdad de la Eucaristía, la realidad de la presencia. Doxológico porque busca, en medio de la ciudad y de la historia, alabar al Señor del pan y de todos, al Creador que nos ha amado.

El hombre está hecho para buscar la verdad y para glorificar la belleza: ahí encontrará su felicidad más auténtica.

Pero la apologética y la doxología se pueden adulterar. Toda la vida, al menos la del creyente, es una gran procesión en que “llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios no de nosotros”. Cuando la vasija quiere suplantar al tesoro, cuando quiere ser protagonista en su belleza efímera y deja de ser signo que muestra la belleza que porta, deja de ser doxología y se convierte en afirmación de la propia gloria, autoafirmación narcisista. El barro, entonces, por mucho que se llene de adornos, ya no cumple su misión y pervierte su vocación primera.

“La belleza es el resplandor de la verdad” (Antonio Gaudí). Muy a menudo, el hombre confunde el ornato con el arte y la autosuficiencia con el amor. Cuando no hay trascendencia, cuando el tesoro se pierde entre los adornos del barro, ya no hay misterio y la belleza pierde su verdad.

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Las primeras palabras

Primero habló D. Antonio, nuestro obispo emérito; después, lo hizo el nuncio del papa Francisco. Más tarde, tras la lectura de las “Letras apostólicas”, por las que se reconoce el nombramiento de Don Gerardo como obispo de Ciudad Real, el nuevo obispo tomó posesión de su sede. Sus primeras palabras, introducidas por el solemne órgano de la catedral, fueron una invitación a todos a comenzar una oración: “¡Gloria a Dios en el cielo…!”

Es significativo que las primeras palabras oficiales en Ciudad Real del nuevo obispo hayan sido dirigidas a Dios para darle gloria. Y lo fueron, no como una alabanza individual de quien es muy creyente de forma personal, sino como una invitación del pastor para que todo el pueblo alabe a su Señor. Esta es una de las principales funciones del pastor: entonar el canto de alabanza para que todo el pueblo de Dios alabe con su voz y con su vida a Aquel que nos ha llamado a la vida, a la fe y a la misión.

Un poco antes, cuando se producía el gesto del cambio de sede, todos aplaudíamos; pero el coro nos daba el verdadero sentido de este aplauso. Cantaban: “Gloria y honor a ti, Señor Jesús”.

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Espíritu de Clemencia.

“Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración, y volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron. Le harán duelo como de hijo único, lo llorarán como se llora al primogénito” (Zac 12,10).

Pentecostés también tiene que ver con la misericordia, con la gracia y el perdón.

El profeta Joel prometió un espíritu de profecía para “toda carne”, para todos los miembros del pueblo elegido. Es lo que san Lucas ve cumplido en el día de Pentecostés: todos los discípulos de Jesús quedan llenos de ese Espíritu prometido y comienzan a profetizar, a anunciar las maravillas de Dios realizadas en Cristo. El Espíritu Santo hace hablar a la Iglesia, es su impulso interior, su fuerza inagotable para la misión.

El profeta Zacarías prometió otro espíritu: un espíritu de misericordia. Ese espíritu desciende, en primer lugar, sobre la dinastía de David, es decir sobre el Mesías: Jesús de Nazaret, “hijo de David”, recibió en su carne el Espíritu de Dios y, por ello, realizó su misión de misericordia y fue levantado de entre los muertos. Jesús no fue solo profeta, sino rostro vivo de la misericordia de Dios, “pasó haciendo el bien” porque fue ungido por el Espíritu.

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