Y vosotros.

Las dos últimas semanas, los textos bíblicos que han resonado en nuestras eucaristías nos han presentado a Jesús como profeta. Gracias a la resurrección del hijo de una viuda, el pueblo aclama a Dios y dice: “¡Un gran profeta ha surgido entre nosotros, Dios ha visitado a su pueblo!”. La semana pasada, en casa de Simón, la pregunta sobre la misericordia se convertía en la pregunta sobre Jesús profeta: “Si este fuera profeta…” ¡Este es profeta, misericordia cercana y tangible que hace posible el perdón!

Hoy, el tema vuelve centrarse también en Jesús, en el misterio de su persona. La pregunta es explícita: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Las respuestas parecen ser un eco de lo que acabamos de decir sobre las escenas anteriores: todos han sabido descubrir, de una forma u otra, la dimensión profética del misterio de Jesús. Lo comparan con Elías, con Juan Bautista, con los antiguos profetas. Pero los discípulos van más allá: la dimensión profética no es suficiente para conocer a Jesús de Nazaret. Los que viven con él, los que escuchan de cerca su palabra, los que se han hecho seguidores suyos lo proclaman como Cristo, Mesías de Dios.

Jesús es el que ha sido tocado por Dios, ha recibido el aceite del Espíritu para convertirse en enviado personal de todo el amor del Padre. Él es profeta, pero el definitivo.

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En casa de Simón

Simón y Jesús, anfitrión e invitado. Están a la mesa. En el corazón de la comida, la conversación gira en torno a un ejemplo puesto por el invitado, una pequeña parábola: “Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?”

¿Cuál es el significado de esta parábola? Las parábolas, en principio, no fueron contadas para ser explicadas, sino para explicar una situación. Con la parábola, se busca la participación del oyente en la transmisión del mensaje. Simón tiene que responder a Jesús, y lo hace correctamente: se implica en la parábola y, con ello, sin darse cuenta, se está implicando en la situación real, forma parte del mensaje que va a recibir. Hablando de otros, Jesús está hablando de él y de Simón; gracias a la ficción, se está interpretando la vida, la situación concreta y paradójica que ambos están viviendo en torno a la mesa.

Simón es fariseo, buena persona, religioso, cumplidor. Nada nos invita a pensar que sea hipócrita, orgulloso o algo parecido. Jesús ha aceptado su hospitalidad. La pecadora, en cambio, es lo contrario: pecadora pública en la ciudad; nada nos dice el evangelista sobre su bondad u otras cualidades humanas: se la presenta, sin más, irrumpiendo en la casa de Simón, interrumpiendo la comida.

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Información sobre Peregrinación a Tierra Santa 2016

Días: 1-8 de agosto.
Precio: 1495 euros, todo incluido.
Visitamos: Nazaret, Monte Tabor, Caná, lago de Galilea, río Jordán, monte Carmelo, Cesarea del Mar, Belén, mar Muerto, Jericó, Betania, Ain Karem, Jerusalén, Emaús…etc.
Si alguien quiere ir, tendría que apuntarse ya, porque necesitaríamos ampliación de plazas. 😉

Corazón Humano

Una de las claves más importantes que configuran al hombre moderno es la importancia de los afectos en su vida. Para la mentalidad latina, la sede de estos afectos es el corazón. Para el científico moderno será el cerebro. Para el hombre bíblico son las entrañas, las vísceras. En cualquier caso, utilicemos el símbolo que queramos, el ser humano está construido con sentimientos; la dimensión afectiva es fundamental a la hora de construir su vida y madurar su persona.

Siempre ha sido así. El hombre siempre ha tenido corazón y se ha enamorado. Pero ha sido en la modernidad europea cuando más se ha subrayado la importancia de esta dimensión humana. A menudo, unida al descubrimiento de lo individual, de la conciencia personal. De forma explícita, podríamos decir que el hombre moderno nació pensando –“Pienso, luego existo” se atrevió a aseverar Descartes–, pero había algo más de fondo, y acabó explotando.

De hecho, muchas de las reflexiones que mostraban la importancia de la afectividad humana, lo hacían en contra de una modernidad demasiado racionalista. El axioma de Descartes muchos preferirían cambiarlo por “Siento, luego existo”, o “Disfruto, luego existo”.

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