Existe una gran diferencia entre la imagen religiosa occidental y el icono oriental. La diferencia más palpable está en la forma: escultura frente a pintura y realismo frente a simbología.
La imagen religiosa occidental es, fundamentalmente, escultura, define lo representado, lo abarca. Por otro lado, esa imagen –desde el Renacimiento hasta la actualidad– pretende ser realista, buscando la perspectiva humana, la perspectiva del que mira.
En cambio, el icono oriental no es escultura, sino pintura; posee dos dimensiones, porque sabe que la realidad representada no se puede abarcar, no se puede rodear, no se puede girar en torno a ella. El icono es solo una pequeña ventana que nos permite asomarnos a una realidad siempre mayor, desbordante para nuestra mirada, para nuestra mente y nuestro corazón.
Por otro lado, este icono no pretende mostrarse desde la perspectiva del que mira, sino desde las claves del símbolo. La imagen no es real, porque no pretende pintar el misterio desde lo humano, es más bien al contrario: lo humano debe realizarse bajo la luz del misterio, él es el modelo, no nosotros. El icono pinta a María y a Jesús, por ejemplo, no como fueron entre nosotros, sino como son ante Dios; no representan lo efímero, el pasado, sino el presente, lo eterno. Por eso, tampoco hay una fuente de luz que proyecte sombras en los personajes: todos están iluminados desde dentro, todos participan de la lámpara del Cordero que, según el Apocalipsis, será la luz de la ciudad celeste. El icono está coloreado con las luces de la Transfiguración.




