En el corazón del valle.

Todos los peregrinos de Tierra Santa dedican una mañana a visitar el monte de los Olivos. La visita empieza en lo más alto, junto a la torre de un convento de monjas ortodoxas. Allí está la pequeña cúpula de la Ascensión. Fue convertida en mezquita, pero no fue del todo destruido el pequeño edificio que los cruzados construyeron, sobre otros edificios más antiguos, para recordar la ascensión de Jesús, cuarenta días después de resucitar.

Allí se encuentra la pequeña piedra que conserva, según la tradición, la última huella de Jesús en la tierra. Desde san Ignacio de Loyola, muchos son los peregrinos que se afanan por descubrir la orientación de esa huella. Mirando, es posible que no nos demos cuenta que la huella verdadera del Resucitado no está en la piedra, sino en nuestras carnes de creyentes, labrada con el fuego de la fe.

Después de pasar por otras muchas iglesias –el monte de los Olivos ha estado cubierto de monasterios desde los primeros siglos del cristianismo–, se llega a lo más hondo del valle del Cedrón, que separa el monte de la ciudad de Jerusalén. Desde lo más profundo de la calle, aún se debe descender una larga serie de escalones para llegar a la iglesia más antigua y más profunda de Jerusalén: la cripta de la tumba de María. El nivel del torrente era mucho más bajo hace dos mil años.

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Con la cintura ceñida.

No sé cómo se encuentra la cintura de mi alma. No alcanzo a ver del todo el traje con el que mis decisiones y el amor de los otros va recubriendo lo que soy. No sé muy bien si me voy vistiendo para esperar, si ciño mi cintura para caminar, o me voy arropando para descansar.

Hace un mes se marchó el tesoro de la casa en la que vivo. Él sí sabía esperar: la enfermedad lo desvistió de carne y de fuerzas, hasta de voz; pero la fe ciñó firme sus huesos para esperar al Amigo. Nunca estamos del todo preparados para lo que llega; pero los demás nos acompañan y hacen humana y llevadera nuestra espera, la llenan de alegría.

Seguramente, la vida no es un camino hacia una meta que nos aguarda, o que creemos construir con nuestras fuerzas. Creo que es más una espera: Alguien viene a nosotros. Es verdad que la vida es un camino, pero no es menos cierto que otros se encaminan también hacia nosotros. Por eso siempre es posible la novedad, la superación de todos los dolores y la irrupción de nuevos horizontes cuando parece que todo está perdido y las salidas se han cerrado.

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Testimonio de algunos parroquianos en el Camino de Santiago.

Como ya va siendo tradición desde hace cinco años, la Delegación Diocesana de Pastoral de Juventud de Ciudad Real (http://www.jocreal.com/), organizó del 17 al 24 de julio el campamento en camino en su cuarta edición, #camino4, realizando el conocido Camino de Santiago.

En esta edición se realizó el camino Sanabrés o vía de la plata, desde Orense a Santiago con un total de 111 km a lo largo de cinco etapas, y que contó con una participación de unas 80 personas de toda la Diócesis entre peregrinos de 16 a 22 años, monitores y sacerdotes, dentro de los cuales se encuentran algunos miembros de nuestra parroquia, los cuales nos van a contar su experiencia:

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AVISO: CARAVANA BLANCA JUBILAR 2016

Este año, la Caravana Blanca 2016, en su cincuenta y dos edición, será la Caravana Jubilar en la que los enfermos y acompañantes podrán alcanzar la gracia del Jubileo por decisión expresa de nuestro obispo Don Gerardo.

Si queréis más información, os dejamos este link:

http://www.diocesisciudadreal.es/noticias/104/jubileo-de-los-enfermos-en-ciudad-real.html

Caminante Ignacio

En el corazón del verano, todos los años, nos encontramos con la figura de Ignacio de Loyola. Un hombre que buscó la notoriedad y, al convertirse, quiso mirar la vida desde el otro lado: la ribera del mendigo, del peregrino que todo lo espera del otro para poder seguir su camino. “Siendo rico, se hizo pobre”, como san Pablo había dicho de Jesús de Nazaret. También era rico en ambición Ignacio. Pero lo dejó todo porque se encontró con Cristo. En su autobiografía se designa así, como “peregrino”, sin apellidos de renombre familiar ni logros eclesiales.

Muchos peregrinos se movían entonces por Europa. Algunos de ellos, bastante acomodados: caminaban con cierta seguridad, con bienes y servidores. Pero muchos caminaban a la intemperie, buscando hacer penitencia por los caminos de la fe. Las metas estaban claras: Compostela, Roma y Jerusalén.

Ignacio lo descubrió con claridad: convertirse a Cristo era hacerse peregrino; había que buscar el milagro de lo cotidiano, sin hacer más planes que la búsqueda de la providencia sencilla en el tiempo que Dios nos regala. ¿Dónde ir, si solo Cristo era el camino? A Jerusalén.

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