Todos los peregrinos de Tierra Santa dedican una mañana a visitar el monte de los Olivos. La visita empieza en lo más alto, junto a la torre de un convento de monjas ortodoxas. Allí está la pequeña cúpula de la Ascensión. Fue convertida en mezquita, pero no fue del todo destruido el pequeño edificio que los cruzados construyeron, sobre otros edificios más antiguos, para recordar la ascensión de Jesús, cuarenta días después de resucitar.
Allí se encuentra la pequeña piedra que conserva, según la tradición, la última huella de Jesús en la tierra. Desde san Ignacio de Loyola, muchos son los peregrinos que se afanan por descubrir la orientación de esa huella. Mirando, es posible que no nos demos cuenta que la huella verdadera del Resucitado no está en la piedra, sino en nuestras carnes de creyentes, labrada con el fuego de la fe.
Después de pasar por otras muchas iglesias –el monte de los Olivos ha estado cubierto de monasterios desde los primeros siglos del cristianismo–, se llega a lo más hondo del valle del Cedrón, que separa el monte de la ciudad de Jerusalén. Desde lo más profundo de la calle, aún se debe descender una larga serie de escalones para llegar a la iglesia más antigua y más profunda de Jerusalén: la cripta de la tumba de María. El nivel del torrente era mucho más bajo hace dos mil años.

