Otros setenta y dos.

En todas nuestras asambleas resonará hoy la palabra firme de Jesús que envía a setenta y dos discípulos a predicar el Reino por delante de él. A la vez, en la carretera de Porzuna, nuestro Seminario realiza el cursillo de ingreso: lo que pedimos y escuchamos en nuestras parroquias lo hacemos en el corazón de nuestra misión diocesana.

La Iglesia es una, santa, católica y apostólica. Sin apóstoles no hay Iglesia. San Lucas, junto al envío de los Doce, sitúa en los orígenes cristianos a otro grupo importante, los Siete, llamados más adelante “diáconos”. Existe un doble grupo porque existen diferentes destinatarios del Evangelio y porque la misión va más allá de los primeros obreros.

Durante su vida pública, también realizó Jesús dos envíos según san Lucas, con dos números que tienen el mismo significado: junto al envío de los Doce, está también el envío de los Setenta y dos. La tradición de la Iglesia ha querido ver en este grupo el precedente de los futuros presbíteros, de la misma manera que ve en los obispos los sucesores de los Doce. En esta misma línea, se ha considerado a los Siete como origen de los futuros diáconos.

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Camino a la farándula.

A veces decimos que hay casas que nunca duermen, y sí, hay también quien nunca duerme (y quien no tiene casa), pero lo hace para discurrir pensando en quedar como que ha hecho algo sin hacer nada y de paso, atropellar, molestar, insultar, profanar…y si pudiesen, serían capaces de hundir el mundo porque no gira en la dirección que ellos quisieran.

Les sucede lo que al perro que ladra a la luna si sale y también porque no sale.

No tienen ni ideas propias ni personales, andan siempre buscando a ver qué es lo que destrozan, a cada instante.

Ahora le ha tocado la china a la Virgen de los Desamparados y a la de Montserrat.

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La mano en el arado.

“El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de Dios”. Respuesta firme de Jesús a uno que quería ser discípulo y solo le pidió despedirse antes de su familia, como había hecho Eliseo, siglos antes, al convertirse en discípulo de Elías.

Jesús quiere marcar el contraste entre Elías y el Reino, entre el pasado y el presente: han llegado los tiempos definitivos y todo queda relativizado por la urgencia del Reino.

Mirar para atrás, mirar lo que dejamos, mirar hacia todo lo nuestro: en el fondo, es dejar el corazón prendido en lo pasado y no atrevernos a caminar hacia lo nuevo, compartiendo el proyecto de Dios.

¿Hacia dónde estamos mirando los españoles de hoy? ¿Hacia dónde dirigen su mirada los europeos en esta hora incierta de nuestra historia? Sobre todo, ¿hacia dónde miramos los cristianos que hemos recibido, de la mano del Maestro, el arado del Reino para trabajar en los campos de nuestra época?

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